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Biblioteca » Relatos breves de terror ganadores 2017
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 MƎ⊥AMOᴚFOSIS

         En lo alto del portón se ubica un letrero en el cual puede leerse a duras penas: “MANSIÓN GRISSARD”. La noche está cayendo, la luna se entrevé ya entre las ramas de los árboles; el tejado- aunque no visible- debe de estar mojado, y los canalones desbordan agua.                                                                                                                        

      Los alrededores de la zona se encuentran sin un alma. A decir verdad, diría que solo se halla una joven dama vestida con un largo vestido blanco que deja al descubierto sus pálidos brazos y cubiertos, los pies.

      La chica, empapada, decide probar suerte y llama a la puerta, pero al reparar que nada se oye- salvo la lluvia que repica en el pedregoso suelo de grava- determina otra alternativa y rodea la casa. La mansión parece estar abandonada, pero a ella le sigue resultando extraño el sonido que la ha llevado hasta aquí; es por ello que decide entrar por una ventana y descubrir de dónde procede la música.

    A determinar la época de la casa, afirmaría que lleva construida más de un siglo, no solo porque los largueros de la ventana estén astillados, sino porque dentro huele a viejo.

     La mujer accede al interior para indagar los rincones que alberga el lugar, cuando se ve en un largo pasillo oscuro. Entonces esta, se dirige hasta una puerta, de donde -a juzgar por ella misma- proviene la bella composición. Entra. Misteriosamente encuentra una pequeña lámpara de oficina que alumbra parte de la sala y deja distinguir la sombra de un gramófono antiguo. Se acerca a él y lee sobre la inscripción del vinilo que suena: “El Lago de los Cisnes, P.I. Tchaikovsky”.

    La dama, desequilibradamente curiosa, enciende una de las cuatro llaves de la luz y, momentáneamente, se echa las manos a la cabeza. Las paredes se encuentran repletas de animales disecados que parecen pertenecer al propio tapizado: patos, ciervos, lobos, zorros... Todo tipo de alimañas.

    La habitación está llena de pieles, plumas, dientes y ojos disecados por todas partes. Sobre una gran mesa de roble, encuentra montón de plumas blancas, y junto a estas, la cabeza degollada de un precioso cisne de pico redondeado. Entonces, una mano le agarra del brazo y ella sale despavorida de la casa.

    Apresuradamente, se adentra en las malezas del bosque y no para de correr hasta quedarse sin aliento frente a un lago. En ese mismo instante, aquella música fastuosa de ballet vuelve a sonar de manera escandalosa y el sujeto aparece tras ella.

    Un nudo se le hace en la garganta, desciende un sudor frío sobre su frente, y un escalofrío le recorre la espalda entera. Entonces, como si de una fuerza implacable y desalmada se tratase, unas manos heladas se apoderan de su cintura y la elevan violentamente hacia el cielo durante el cénit de la composición. Pianos, violines, trompas y flautas sacuden y rasgan el vestido de la dama blanca.

      La metamorfosis comienza y la música termina;

 las manos desaparecen, y brotan las alas;

la boca se oculta, y un gran pico emana;

la dama suspira, y el cisne, muerto, cae al agua.

  Mario Jiménez 1ºBTO

 

 No juegues con la palabra MUERTE

    Me llamo Pablo. Este ha sido el peor cumpleaños de mi vida.

     Había estado en la casa abandonada con mis amigos contándonos historias de miedo. Estaba aterrorizado, aunque lo había disimulado. Se nos hizo tarde y tuve que volver a casa yo solo.Las campanas daban las 12 de la noche. ¡Oh, no! Era la noche de los difuntos. Nadie sabía que estaba allí, ni siquiera mis padres.

     Oí un ruido a mis espaldas, me di la vuelta, pero no había nadie. ¿Habría sido mi imaginación? En esos momentos volví a oír el ruido; era real. Empecé a correr, tropecé y entonces lo vi. Vi su sonrisa malvada mientras subía la cuesta. Intenté gritar, pero no tenía voz. Eché a correr; oía su respiración, estaba detrás a unos diez metros. Sentía que las piernas me pesaban. En esos momentos supe que me perseguía LA MUERTE.

 ¡Qué idiotas habíamos sido cuando, jugando, nos burlábamos de la muerte!

     Estaba agotado... Pero en un intento desesperado conseguí meterme en un agujero oculto entre las sombras. Ahí dentro encontré este papel donde he escrito las que puede que sean mis últimas palabras. Si encontráis este papel significa …. ¡que me ha encontrado!

 Pablo Cacho 3ºESO

 

 Monstruo

    Todo empezó con una simple pregunta que sigue atormentándome hasta el día de hoy: ¿Qué soy?

     Era una mañana de primavera del 2507. Todo parecía normal para esa época, bueno, menos por una cosa: la especie humana había empezado a evolucionar. La Tierra había cambiado mucho. Por culpa del calentamiento global, los polos se derritieron por completo, provocando la inundación de gran parte de los territorios costeros, obligando a la población a introducirse en el interior. Al disminuir en tanta proporción el territorio, los recursos se vieron limitados en gran medida. Como consecuencia, los gobernantes de los diferentes países iniciaron una medida que supuso la salvación de la humanidad, el traslado a los cielos, es decir, construir ciudadelas aéreas. Con el desarrollo de las tecnologías no resultó difícil construirlas. Como resultado de este nuevo estilo de vida, la población tuvo que adaptarse a nuevas condiciones, como menores presiones y niveles de oxígeno más bajos. Esta nueva situación, junto con un aumento de la radiación provocada por la destrucción de una gran parte de la capa de ozono, propició la aparición masiva de mutaciones en la población.

     No aparecieron únicamente enfermedades, sino que aparecieron anomalías en la morfología humana como tres ojos, garras, pero la mutación que cobró más importancia y que se convirtió en una de las más famosas fue la que formó a los denominados “ángeles”, es decir, ángeles con alas. A pesar de ser mutaciones aleatorias, las alas fueron bastante comunes dentro de los “evolucionados”. Estos evolucionados se adaptaron dentro de la población hasta la aparición de un grupo terrorista formado por alados. Esto provocó el miedo y el odio, y con ellos la persecución de todos a los que empezaron a llamar “genéticamente impuros”

     En esta época de persecución y odio es en la que vivía. Me llamo Jason y vivo en la ciudadela aérea 24, encima de la antigua Francia. A esta zona aún no habían llegado las detenciones genéticas, o eso pensaba yo, pero lo que sí se propagó por el mundo fue el odio y el miedo a los evolucionados, principalmente a los alados, grupo al que pertenezco. Aunque intento esconder mis alas, todos los de mi barrio conocen mi situación, por lo que, cuando paseo por la calle, todos me miran con los mismos ojos, una mirada fría llena de odio y miedo. Esa mirada es lo que menos soporto, esos ojos que te discriminan solo por el simple hecho de haber nacido.

     Esa mañana de primavera, me encontraba en mi pequeño apartamento cuando, sin ningún aviso, apareció una cortina de humo que me impidió ver lo que iba a suceder: cinco hombres gigantes armados entraron en mi casa y me dejaron inconsciente, o al menos es eso lo que recuerdo y lo que creo que sucedió.

     Cuando me desperté, no podía moverme debido al dolor que sentía en cada parte de mi cuerpo, en cada extremidad, en cada órgano. Lo único que me pregunté al recuperar la consciencia fue: ¿Dónde estoy? Abrí mis ojos con dificultad y lo único que podía ver era una pequeña ventana con barrotes y cuatro paredes oscuras.

   Tras más o menos dos horas (o eso creo) pude levantarme y acercarme lentamente a la ventana. Me estaban bajando a la tierra, pero ¿por qué? Tras un rato sentado intentando olvidarme del dolor, alguien entró en mi celda. Un hombre armado me cogió con tanta fuerza que sentí cómo todo mi cuerpo crujía al mover todos mis huesos. Cuando salimos de aquella mezcla entre ascensor y celda, sentí un poco de placer al tocar el suelo, por un momento me olvidé de mi situación. Pero un golpe del guardia me devolvió a la realidad, o más bien a la pesadilla. Treinta personas armadas me apuntaban con sus armas, pero lo peor fueron sus ojos, llenos de odio, ni miedo ni preocupación, únicamente odio.

     Tras esta experiencia horrible, me llevaron a una celda, en la que no había luz, solo una profunda e inmensa oscuridad.

     No sé cuánto tiempo estuve en esa celda, en esa oscuridad; lo único que recuerdo es el deseo de volver a ver la luz del sol otra vez, volver a sentir su calidez. Durante este periodo, solo podía recordar esas miradas que me apuntaban, llenas de odio. El continuo recuerdo de esas miradas me fue convirtiendo en lo que ellos pensaban que era, un monstruo.

   Cada día el odio iba creciendo, me trataban como un animal peligroso al que tener encarcelado. En un principio no podía entender por qué me trataban así por el único hecho de tener alas, de ser diferente. Pero, tras un tiempo, en vez de preguntarme ¿quién soy yo para sufrir esto?, empecé a preguntarme: ¿Qué soy?

    Después de mucho tiempo, hubo un fallo eléctrico y mi celda se abrió. Vi mi oportunidad para huir, y tras esa puerta encontré otra vez esas miradas, pero en vez de salir huyendo, me enfrenté a ello, me comporté como lo que creían que era, un monstruo horrible. Teñí mis alas de rojo y mis ojos se volvieron fríos como el hielo; mis manos, las tijeras de las parcas y mi corazón, una roca con la que tengo que cargar.

     Al final, no pude escapar de mi celda; pero sé que todo eso lo hice por odio a los que me rechazaban, a los que guardaban rencor a mi aspecto, no a lo que soy. Tras este incidente, me gané mi propia celda bajo tierra, donde nunca volveré a ver el sol, donde nunca disfrutaré de la libertad. Me cortaron las alas, me transformaron en lo que nunca deseé: un monstruo.

 Jaime Jiménez 2ºBTO

 

 Abel,el Renacido

   Corría el S.XIII cuando en la localidad castellana de Ágreda se edificó un edificio cochambroso, tal como un antro; la finalidad de esta construcción solo era una: acogía diferentes máquinas de tortura. En estas máquinas e instrumentos se solía torturar a judíos, musulmanes, ladrones y brujas. El tipo de torturas era de lo más macabro que podemos imaginar.

    Concretamente os voy a hablar de una tortura muy singular y de una persona que por desgracia la sufrió inocentemente.

    Corría el año 1239. Ese año Lyes Akme, un musulmán converso, iba a ser bautizado en la pila bautismal de la iglesia de la Peña, con el nombre de Abel el Renacido.

    Abel el renacido era el quinto de siete hermanos. Los hermanos Akme tenían fama de homicidas, porque habían asesinado a muchas personas; sus principales víctimas solían ser niños de familias cristianas y adineradas, a los que consideraban poseídos por el maligno. También mataban a muchos de sus animales, llegando al punto de tirarlos por el despeñadero del Barrio Moro.

    Unos años más tarde la Inquisición tomó cartas en el asunto, juzgando a toda la familia Akme por sus muchos homicidios. La pena fue máxima, la cual requería la muerte a manos de las peores torturas conocidas, desde el cinturón de San Erasmo hasta la bota Malaya o la bota española.

   Fueron conducidos a ese antro, situado a dos kilómetros de la localidad para que los alaridos de los condenados no perturbasen las vidas de los habitantes. Toda la familia fue torturada de las peores maneras existentes, e incluso el inocente Abel, quien fue condenado a la más dura de todas, llamada el potro de tortura, que consistía en llevar al cuerpo a la máxima tensión posible tirando de brazos y piernas hasta que se desprendían de las articulaciones. Abel resistió esta tortura por lo que se llegó a pensar que llevaba una bruja en su interior, y finalmente falleció atormentado quemado en la estaca.

    Actualmente se siguen oyendo los gemidos de este, todos los días a las once del mediodía y a las once de la noche; estos alaridos son de lo más insoportables y penetradores.

    Entre estos alaridos se entienden pequeños fragmentos de oraciones cristianas y palabras de venganza.

    En la actualidad está edificado un Instituto sobre los cimientos de ese edifico de torturas, por lo que se siguen oyendo los alaridos de Abel el Renacido.

 

  Lucía Lavena 3ºESO

 

 El Club de los misterios

   Quién iba a pensar que una simple excursión acabaría de este modo.

    Bueno, no me he presentado, ¡qué cabeza la mía! Me llamo Marta y pertenezco a un club: “El club de los Misterios”.

    El club de los Misterios somos mis cinco amigos y yo: Lucas, “el cerebrito”; Rosi, “la jefa”; Juan, “el lector de libros de misterio”; Sara, “la experta en fantasmas”; Luis, “el patoso”; y cómo no YO, “la escritora”.

   A lo que íbamos: hace dos viernes la profesora nos dijo que el lunes siguiente tendríamos que ir al cuartel de policía de mi ciudad para hacer una excursión. Total, ahí estábamos todos, cuando salió el policía y nos dijo que podíamos entrar.

   Fuimos a la sección de “casos archivados” y vimos uno que nos sorprendió bastante al club de los Misterios. ¡Teníamos que conseguir leerlo! Estábamos a punto de conseguirlo cuando el policía nos pilló. - ¡Eso es información confidencial, no se puede leer sin autorización!

    El grupo siguió con la excursión pero no nos resignábamos, ¡teníamos que volver! Entonces Rosi vio la solución muy clara y le dijo a Lucas que le pidiera a la profesora que le enseñara el camino al cuarto de baño y así Sara distraería al guardia. Cuando todos estaban manos a la obra, Luis, que había llevado su cámara de fotos, la sacó y echó varias fotos al documento. ¡Casi no nos da tiempo! Justo cuando acabamos llegó la profesora con Lucas.

 Nosotros seguimos como si nada.

    Acabó la excursión y nos fuimos a casa de Rosi, que para eso es la jefa. Nos sentamos en círculo y Juan empezó a leer el caso. A medida que iba leyendo más nos atrapaba la curiosidad. El caso iba sobre el misterio de un símbolo. Ninguno de nosotros sabía de qué se trataba, ninguno menos Juan. Juan nos dijo que había leído algo sobre ese símbolo y que estaba en la puerta de una taberna a las afueras de la ciudad. Sara dijo que podíamos ir a ver si la taberna seguía abierta. Llegamos, pero escuchamos a alguien que nos seguía y decidimos escondernos. De lejos, vimos a dos figuras acercándose a la puerta cuando Luis, ¡cómo no! estornudó y las dos figuras se giraron hacia nosotros.

    Nos cogieron y nos sentaron en el suelo tapándonos el camino. De repente, una voz masculina nos dijo: -ya es hora de que alguien sepa nuestra historia- . El rostro del otro hombre se alumbró con una luz y nos dimos cuenta de que ¡era el policía que nos había enseñado la comisaría! Antes de poder decir nada, empezó a hablar:

    En el año 1956 ingresé en la comisaría de Londres. No tardé nada en hacerme amigo de mi compañero de piso. Un día, mientras se duchaba, vi un medallón sobre su cama. Ese medallón me resultaba familiar. El grabado que tenía era el mismo que el de un anillo mío. Se lo comenté, nos pusimos a investigar y averiguamos que en una taberna había un símbolo similar. Llegamos hasta aquí y colocamos el anillo y el medallón en un aldabón. Entonces cayó una carta. La carta la escribía un hombre, nuestro padre, explicándonos que nos habían separado de pequeños y que éramos hermanos. Nunca nos hemos separado ni nos separaremos desde entonces.

    Pero, ¿no os dije que era confidencial? Bueno, de todas formas sois un magnífico club de investigadores. ¡Llegaréis lejos!

   María Val 1ºESO

 

 El juego de la ventana

   Abrió los ojos alarmada. El reloj marcaba las tres y media de la madrugada. Estaba sudando. Tenía la respiración acelerada y el corazón le iba a mil por hora, pero no se atrevió a moverse. El miedo se lo impedía. Nunca llegó a pensar que el juego fuese real, no podía ni siquiera imaginar que esa página web a la que llegó la tarde anterior por azar dijese la verdad.

 

   Si bien en su momento le hizo gracia la idea de un juego en el que mirar por la ventana te causaba la muerte, ahora sentía más bien todo lo contrario. Las instrucciones eran claras y sencillas. Mirar por la ventana de un lado a otro como una paranoica y cerrar las cortinas. Se suponía que esa era la señal para que “el otro” supiera que estabas dentro. Según la página, esa misma noche “el otro” aparecería en tu casa y te haría saber que estaba allí, entonces, un par de horas después, te mataría.

 

   Después de leerlo se había reído mientras se grababa haciendo lo que el juego decía para mandarlo a sus amigos y burlarse de la gente estúpida que se creía ese tipo de cosas, pero ahora la cosa cambiaba.

 

   Que estuviesen dando golpes en su ventana no podía ser nada bueno. Había intentado buscar una razón lógica, como que una rama estuviese chocando con su cristal a causa del viento, pero en su jardín no había arboles y las ramas no tararean la banda sonora de El Resplandor.

 

   Si no estuviese sola en casa, habría corrido a la habitación de sus padres, donde su padre guardaba la escopeta de caza. Lloró. El habría sabido usarla, pero ella sería incapaz de descifrarla en el tiempo que el que golpeaba su ventana tardara en entrar a la casa y encontrarla.

 

   Lo único que agradecía era estar de espaldas a la ventana, porque así quien fuese que daba los golpes no podría ver que estaba despierta. Intentó relajarse, esperar a que se hiciese de día haciéndose la dormida y con suerte, conseguir que el individuo que daba golpes en su ventana se marchara.

 

   A las cuatro y media, su plan pareció funcionar. Los golpes cesaron, y con ellos la música que su causante tarareaba.

 

  Suspiró. De repente se dio cuenta de lo tensa que había estado desde que la despertaron los golpes, y de que no había parado de llorar desde entonces. Se giró lentamente en la cama y comprobó que no había nadie en la ventana. No podía hacer más que sonreír. Decidió levantarse, estirar las piernas y beber un poco de agua.

 

  Estaba sirviéndose de la jarra cuando la misma melodía que había estado escuchando durante una hora la sobresaltó, ahora siendo tarareada en su oreja. El aliento que chocaba en su cuello le provocó un escalofrío, la jarra se le cayó de las manos y solo pudo pensar en cómo podía haber sido tan ingenua.

 

   Notó como le acariciaba el pelo y le despejaba el cuello. Inhaló profundamente cuando noto el filo de un cuchillo contra su cuello. Lloró aún más cuando sintió como el arma se deslizaba por la parte superior de su columna.

 

   Él seguía tarareando, no había parado en ningún momento. Su respiración era lenta, estaba relajado. Casi podía sentir su sonrisa. Volvió a reprocharse el haber sido tan ingenua.

 

   Entonces dejó de sentir la caricia del cuchillo en su cuello. Un dolor indescriptible la atravesó por completo.

 

“Gané”, escuchó que le susurraban en la oreja.

 

Y todo se volvió negro.

  Ainara Blancar 1ºBTO

 

Pesadilla en el Sanatorio

   Juan y Sandra, dos gemelos de doce años, se apuntaron a un campamento de verano en el Moncayo. El campamento duraba una semana y era la primera vez que pasaban unos días lejos de sus padres.

 

   El primer día lo pasaron fenomenal, conocieron a muchos chicos e hicieron muchas actividades. Por la noche, todos dormían profundamente, excepto Sandra que tenía la sensación de que alguien la observaba en la oscuridad. Por la mañana, se lo contó a su hermano pero este no le dio importancia y le dijo que era una miedica y que siempre estaba inventando historias.

 

   Esa misma tarde, fueron a buscar setas cerca del sanatorio del Moncayo. Cuando se acercaban, Sandra sintió un escalofrío y la sensación de que los ojos la observaban de nuevo. Miró atentamente a su alrededor, pero no vio a nadie. Cuando intentó seguir al grupo, este ya había desaparecido y Sandra comenzó a llorar. De repente, empezó a escuchar ruidos dentro del sanatorio. Al principio le pareció un gato, pero luego se dio cuenta de que era un bebe llorando. Sandra, con el corazón latiendo muy rápido y muy nerviosa, no se atrevía a entrar porque la noche anterior les habían contado que el sanatorio había sido un hospital de tuberculosos donde había muerto mucha gente.

 

   Sandra respiró profundamente, saltó la valla y se dirigió hacia la puerta del sanatorio que estaba medio abierta, entró dentro y de repente se cerró la puerta. Sandra, muerta de miedo, sólo quería irse de allí cuanto antes, pero cada vez escuchaba más fuerte el llanto del bebé y no lo quería dejar allí. Oía cómo las ventanas se abrían y cerraban golpeando fuertemente. Todo estaba muy oscuro y Sandra cada vez tenía más miedo. De repente, comenzó a escuchar su nombre: Saaandraaa… Saaandraaa… Saaandraaa… y a Sandra le iba a explotar la cabeza, el llanto del bebe…, los ojos que le observaban… y alguien que susurraba su nombre.

 

   Sintió algo en su brazo, alguien o algo le agarraba fuertemente y gritaba su nombre. De pronto, Sandra abrió los ojos y se encontró a la monitora que intentaba despertarla mientras su hermano la miraba fijamente desde la cama de al lado y un niño lloraba muy fuerte porque se había caído.

 

   Al final, ¡todo había sido una horrible pesadilla!

  María Gil 1ºESO

 

Monstruo

    Todo empezó con una simple pregunta que sigue atormentándome hasta el día de hoy: ¿Qué soy?

     Era una mañana de primavera del 2507. Todo parecía normal para esa época, bueno, menos por una cosa: la especie humana había empezado a evolucionar. La Tierra había cambiado mucho. Por culpa del calentamiento global, los polos se derritieron por completo, provocando la inundación de gran parte de los territorios costeros, obligando a la población a introducirse en el interior. Al disminuir en tanta proporción el territorio, los recursos se vieron limitados en gran medida. Como consecuencia, los gobernantes de los diferentes países iniciaron una medida que supuso la salvación de la humanidad, el traslado a los cielos, es decir, construir ciudadelas aéreas. Con el desarrollo de las tecnologías no resultó difícil construirlas. Como resultado de este nuevo estilo de vida, la población tuvo que adaptarse a nuevas condiciones, como menores presiones y niveles de oxígeno más bajos. Esta nueva situación, junto con un aumento de la radiación provocada por la destrucción de una gran parte de la capa de ozono, propició la aparición masiva de mutaciones en la población.

  Jaime Jiménez 2ºBTO

 

Evangefan

   Ya habían pasado veintisiete horas desde que los amigos de Sara decidieron ir a la mansión Girden. Cuenta la leyenda que a los dueños de la mansión, que eran vampiros, fueron asesinados por su hija. Los curiosos que se atrevieron a ir a la mansión desaparecieron misteriosamente. Salvo Henry, el loco del pueblo, que consiguió volver y pudo contar que había visto una criatura que se comía a las personas. Por supuesto, nadie le creyó.

 

   El día anterior, los amigos de Sara habían decidido ir porque querían descubrir la verdad sobre lo que ocurría en esa mansión, pero en el último momento Sara tuvo miedo y se fue a casa aguardando la llegada de sus amigos.

 

   De repente sonó el timbre. Sara pensó que sería alguno de sus amigos y fue a abrir a toda prisa. Pero no, era el cartero.

 

   A la mañana siguiente algunos padres del pueblo dijeron que sus hijos habían desaparecido. Eran los amigos de Sara.  Entonces Sara dejó a un lado su cobardía y decidió ir a la mansión a buscarlos. Pero no iría sola, le iba a acompañar Henry, que anteriormente ya había estado allí y había aceptado acompañarla. Llegaron a la puerta de la mansión ambos muy nerviosos, pero Sara muchísimo más, sin lugar a dudas. Era extraño pero la puerta de la mansión estaba abierta. Entraron en la mansión. Para sorpresa de Sara estaba iluminada y ordenada. Decidieron subir por las elegantes escaleras pero al llegar arriba se les acercó una vampiresa con unos afiladísimos dientes. La vampiresa se abalanzó sobre Henry.  Henry gritó pero la vampiresa lo mató.

 

   Cuando acabó con Henry, miró a Sara  y ella, asustada, salió corriendo por el largo pasillo. Sin embargo, la vampiresa era muy rápida  y pronto la alcanzó, y la tiró al suelo.

 

   ¿Quién eres, insignificante mortal?-preguntó la vampiresa antes  de hincarle el diente.

 

   ¡Soy Sara!- dijo ella atragantándose por el miedo ¿y tú?

 

   Me llamo Evangefan, soy la criatura que se come a todo el que entra en mi mansión. Supongo que ya habrás oído hablar de mí. Soy la niña que mató a sus padres. Bueno creo que ya sabes demasiado sobre mí:, Tengo mucha hambre :así que me voy a beber tu sangre.

 

¡Nooooooooo!

 

   Dicho esto se abalanzó sobre ella y le chupó la sangre.

 

   Sara y sus amigos nunca volvieron a  aparecer. Nadie supo que fue de ellos, pero muchos llegaron a la conclusión de que se habían adentrado en la mansión Girden y lo pagaron caro.

 

   Aun así, todos los años, el día de Halloween algunos curiosos se atreven a desafiar la leyenda de Evangefan y se adentran en la mansión Girden . Y acaban convirtiéndose en comida de vampiresa.

  Nadia 1ºESO

 

 Las Letras Perdidas

   Faltaban cinco kilómetros para llegar al pueblo de los abuelos, una pequeña aldea cerca de Orense.

 

  Ana y Lucía estaban muy nerviosas porque les gustaba muchísimo ir allí, y el viaje se les estaba haciendo muy largo.

 

  La abuela estaba esperando en la puerta con una gran sonrisa, como siempre, y la mesa estaba llena de todas esas cosas buenas que solo hacía ella. Después de dejar las maletas

 

  y de llenar sus estómagos las dos hermanas fueron a pasear por la aldea. Por la tarde su abuela les pidió que la acompañasen al cementerio a limpiar y preparar las tumbas de sus familiares, porque se acercaba el día de Todos los Santos. Las dos niñas ayudaron a su abuela y esta como recompensa fue explicándoles por todo el cementerio el significado de algunos símbolos, quién estaba enterrado en cada lápida y, por supuesto, las historias más misteriosas de aquel lugar.

 

  Al pasar por una de las pocas criptas que había, la abuela no dijo nada, ni siquiera la miró y continuó caminando, las chicas se sorprendieron y le preguntaron: “¿ Por qué no nos cuentas nada de esta, abuela?”, ella giró la cabeza y muy seria les dijo “No debéis acercaros nunca a esa cripta y menos entrar en ella”. Las dos hermanas comenzaron a preguntar : “¿Por qué?”, “¿Quién está enterrado ahí dentro?”, “¿Qué misterio esconde?”, pero la abuela no les respondió. La vuelta a casa fue muy rara, nadie hablaba. Al llegar a casa, el abuelo estaba sentado es su sillón al lado del hogar preparando las castañas asadas que tanto les gustaban. Cuando la abuela se fue a preparar la cena Ana y Lucía comenzaron con el interrogatorio al abuelo sobre el misterio de la cripta; no paraban de preguntar. Después de insistir durante un rato, el abuelo se levantó, apagó la luz, y volvió a sentarse en su viejo sillón. ”Está bien”, dijo, “os contaré la historia, pero no se lo digáis a la abuela”. “En aquella cripta está enterrada una niña que fue amiga de la abuela en su infancia, su muerte fue muy misteriosa, apareció muerta en la puerta del cementerio con una letra de latón en la mano que solo pudo ver una persona”. ”¿Qué letra era?”, “¿Quién era esa persona?”. “La letra era la F y la persona vuestra abuela”. Las dos hermanas cada vez estaban más intrigadas.”Cuando nos casamos, la abuela, me contó esta historia y me hizo prometerle que no se la contaría a nadie, por eso este será nuestro secreto”, “Sí, abuelo, sí, pero continúa”, “Está bien, continúo”.

 

  “Las dos amigas se encontraban jugando en el cementerio a las letras perdidas. El juego consistía en que una amiga escribía un mensaje con las letras de latón que no se usaban, y la otra tenía que encontrarlo y colocar las letras que faltaban para saber dónde estaba escondida. Aquella tarde algo salió mal, tu abuela escribió el mensaje y se escondió. Cuando vio que había pasado mucho tiempo y su amiga no la encontraba, salió de su escondite y comenzó a llamarla, pero no le contestaba. Pensó que se había ido y estaría esperándola fuera para volver juntas a casa, pero cuando la abuela llegó a la puerta encontró a su amiga en el suelo inconsciente y con esa letra en la mano. Fue a buscar ayuda, pero ya no se podía hacer nada, estaba muerta.”

 

  Las dos hermanas miraban al abuelo con la boca abierta, sin decir ni una sola palabra.

 

  ”La abuela lo pasó muy mal, tardó mucho tiempo en volver al cementerio, y cuando lo hacía pasaba de largo por la puerta de la cripta. Pero un día como el de hoy, víspera de Todos los Santos, decidió acercarse para rezar y colocar unas flores a su amiga. Le temblaba todo el cuerpo y no podía ni hablar. Se fue acercando poco a poco y cuando estaba en la puerta, frente a la fotografía de su amiga vio cómo le sonreía y le señalaba el suelo, cuando miró hacia abajo vio que algo brillaba.” “¿Qué era abuelo?, “¿Era la letra?”, “Era un mensaje para vuestra abuela.” “Por favor, abuelo, ¿qué decía?”, “¡Que nervios…! “pues era la palabra…(sin que ellas se hubiesen dado cuenta, la abuela había entrado en la sala disfrazada y con una careta), la palabra era…” y entonces detrás de ellas la abuela dijo con voz fantasmagórica FINNN.

 

  Las dos hermanas se volvieron al oír esa voz, y al ver aquella imagen, se abrazaron al abuelo sin dejar de chillar y llorar. Cuando comenzaron a oír las carcajadas de sus abuelos, abrieron los ojos, y descubrieron que era una broma que les habían gastado. ¡Era una de esas historias que se cuentan en la noche de difuntos!

  Julia Gómara 1ºESO

 

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